“La muerte me desgasta, incesante.”
Jorge Luis Borges.
Tu rostro, tu rostro comienza a ser azotado por las brisas. ¡Vamos, levántate!, grita la voz ronca a la distancia y se va confundiendo con el graznido de las gaviotas. Las palmas de tu mano besan la arena. Los rayos solares no parecen perdonar tu debilidad ni tu cobardía. Piensas que de ser espartano ya estarías muerto. ¡Vamos, levántate! Cobarde de mierda, vuelve a resoplar la voz ronca cerca a tu nuca. A dos metros, tu rival, el Negro, mantiene el espíritu ecuánime. Es una enorme masa anatómica que jamás se inmuta ante nada.
Tu abdomen, situado entre el tórax y la pelvis, deja huir un ruido. Es el llanto de las tripas, hijito, decía tu madre cada vez que abordaba el tren en Valencia. Pero ella está muerta, aunque te resistías a aceptarlo. Por eso, tal vez, tu padre te hizo incursionar en las peleas. Solo así te harás hombre, carajo, te había dicho.
Tu pierna derecha resiste todo tu descomunal peso. La pierna izquierda es falsa. Se llaman piernas ortopédicas, hijito, te decía tu madre cuando aún estaba viva. ¡Vamos, levántate!, ¡solo un minuto más!, explota la voz ronca de tu padre.
…Muertos. Muertos tus extremidades, enterrados en la arena, sin poder resistir un minuto más la pelea. El Negro baja la guardia, avanza a tu encuentro. Te examina meticulosamente con la vista. Eleva su pierna derecha y lanza toda su vida sobre tu rostro y luego se va en silencio mientras las gaviotas se pierden en el mágico cielo celeste.
Carlos Borda Soriano